
Un urticante aroma a muerte pareció invadir poco a poco entre pequeñas y tímidas oleadas la habitación.Unas sombras vagas y brumosas se comenzaron a mover, como reptando entre las paredes descascaradas, buscando tomar posesión de quien sabe qué. Van y vienen hamacándose; acariciando las vetustas cortinas llenas de polvo; arañando los rincones húmedos; recorriendo espejos y suspirando; respirando la densidad de un aire demasiado viciado y espesado por un mal que no ha podido ser exterminado por completo del entorno.
Tú estás allí reposando en la penumbra, entre el sueño y la vigilia.
Las sombras comienzan a recorrer sin preámbulos ni permisos tu cuerpo semidesnudo que yace sobre esa cama que ha quedado inmensamente grande para ti sola. Se excitan con una lascivia impúdica e inevitable. Entretanto tú, sin siquiera sospecharlo, duermes tranquila tus sueños de gran dama.
Ellas se pasean hoy descaradas sobre tu piel que ruega por piedad en la decadencia de lo que alguna vez fue la frescura y la inocencia, murmurando y planeando, calculando sus pasos con una sensación asesina, la misma que ha durado décadas de descenso en la perdición de los vicios y la lujuria, dejando en ti las huellas de su depravación.
Hoy sedientas y desesperadas ya de tanto esperar se sentarán golosas a beber de tu hiel.
Así han de llevar a cabo muy pronto su plan macabro, saben que has nacido para este momento y sorberán en silencio la sangre de tu reseco corazón, hasta agotarla para tomar en sacrificio de tus pecados la vieja y agrietada cáscara de tu cuerpo.
Un profundo suspiro rompe el sepulcral silencio. Es el suspiro final que se escapa de tus labios perversos.
Quedas inerte.
Al fin las sombras de la muerte te han asimilado... Huyen rápidas escurriéndose entre las rajaduras de los muros, mientras el urticante aroma se expande por toda la habitación.
Fin.

















